Anualmente se concede a cada vecino una suerte de leña de roble para utilización doméstica. Se decide la zona del monte donde se va a hacer la corta. Se adjudica una zona de mata de roble a un número entre el uno y el número total de vecinos y, por último se realiza un sorteo para que sea el azar el que decidiera posibles irregularidades entre una y otra o en una mejor o peor ubicación de la leña.
Una vez talada la suerte asignada, se procede a esquimar las ramas que cubren desordenadamente el suelo. El esquimo, es decir, todo el resto del ramaje es apilado aparte. Tras el acarreo, la leña se conserva al aire libre, en un espacio cercano a casa, hasta que se corta en trozos pequeños para la cocina o la estufa.
La leña da calor todo el año; hace sudar su poda; la carga y descarga del remolque produce calores insospechados; el corte en trozos utilizables en el hogar, a lo largo de todo el año y, a medida que se iba necesitando calentaba también los músculos de manera particular. Todos estos calores antes de arder; obvio es el resto.
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